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Cultivar la vida en tiempos de crisis climática

Familia Hevilla. Valle del Guadalhorce (Málaga)

 

Autoría: Alba Mompó – Equipo Técnico de SEAE

Artículo publicado en la edición 58 de la Revista Ae

 

En el corazón del Valle del Guadalhorce, al sur de Andalucía, late una iniciativa que es mucho más que una finca agrícola: es una comunidad viva, un proyecto intergeneracional que cultiva la tierra con el mismo amor con el que cuida a quienes se alimentan de ella. Hablamos de la familia Hevilla, un ejemplo claro de cómo la agroecología puede convertirse en un acto de resistencia y de esperanza frente al cambio climático. Este proyecto, parte esencial del tejido agroecológico andaluz, ha sido protagonista de una de las entrevistas más entrañables recogidas por el proyecto EcoTerRes, impulsado por SEAE. A través de las palabras de Sebastián Hevilla, uno de los pilares de esta familia, comprendemos los desafíos, las alegrías y las convicciones que sostienen su forma de vida. Una vida ligada a la tierra, a la comunidad y a una visión profundamente ética y ecológica del mundo.

Lo que hace único a este proyecto familiar es su origen y su evolución. La finca Hevilla es fruto de una herencia, no sólo material, sino de saberes. El conocimiento acumulado de generaciones de agricultores y agricultoras que han sabido adaptarse a las transformaciones del entorno, sin perder el vínculo con los ritmos naturales ni con las prácticas sostenibles. Ese conocimiento, lejos de anclarse en el pasado, se renueva con cada temporada. Gracias a técnicas como la rotación y la asociación de cultivos, y a una férrea voluntad de preservar variedades locales, la familia mantiene un equilibrio entre producción, biodiversidad y resiliencia frente al cambio climático.

«Desde frutales como limones, chirimoyas o mangos, hasta hortalizas, raíces y hojas de todo tipo»

“La familia Hevilla te alimenta y te da vidilla”, dice con cariño una consumidora habitual. Y no es para menos. Con un 97% de su tiempo dedicado a la producción de alimentos ecológicos y de temporada —desde frutales como limones, chirimoyas o mangos, hasta hortalizas, raíces y hojas de todo tipo—, esta familia no solo provee de alimentos sanos a su comunidad, sino que educa, acompaña y comparte. El 90% de su producción se comercializa directamente desde la finca, se distribuye en grupos de consumo, tiendas locales y mercados agroecológicos. Esta cercanía con quien consume sus productos es parte esencial del proyecto: un circuito corto, basado en la confianza y el cuidado mutuo.

Desde un enfoque ecofeminista, el proyecto de la familia Hevilla encarna muchos de los valores que sustentan esta mirada: la centralidad de los cuidados, el trabajo cooperativo, la soberanía alimentaria, la justicia social y ambiental, y la dignificación del trabajo en el campo. Aquí no se trata solo de producir alimentos. Se trata de sostener la vida en todas sus formas. De educar a niñas y niños en valores ecológicos y comunitarios, de mantener viva la cultura agraria, de construir redes de apoyo mutuo entre personas y territorios.

Cristóbal Hevilla, por ejemplo, escribe cada semana desde 2010 un boletín informativo sobre el campo para su comunidad. Y la familia participa activamente en formaciones, talleres y visitas escolares, compartiendo su experiencia con quienes quieren aprender desde dentro qué significa realmente cultivar la tierra.

Sebastián señala una de las barreras más importantes que enfrentan: la dificultad de encontrar personas que quieran trabajar en el campo. En un modelo que exige presencia, dedicación y conexión con la tierra, no es fácil encontrar relevo. Y aunque han acogido estudiantes en prácticas y voluntariado, queda claro que se necesita un cambio estructural para valorar de forma justa este trabajo esencial.

En este sentido, critican la actual Política Agraria Común (PAC), que no se ajusta ni reconoce la diversidad ni la lógica de su producción. Para ellos, una reforma real debería empezar por escuchar y acompañar a quienes ya están haciendo las cosas bien.

«Adaptarse desde el conocimiento ecológico. Cambios en cultivos, manejo eficiente del agua y observación constante del entorno»

El impacto del cambio climático se siente con fuerza: olas de calor, falta de agua, cambios de floración. Pero la respuesta de la familia Hevilla ha sido adaptarse desde el conocimiento ecológico. Cambios en cultivos, manejo eficiente del agua y observación constante del entorno son algunas de las claves para seguir adelante. Una muestra más de que la resiliencia no se improvisa: se cultiva.

La familia Hevilla forma parte activa de colectivos como la Red Guadalhorce Ecológico y la Asociación de Productores y Consumidores de la zona. Desde ahí, impulsan un modelo que prioriza la salud, la justicia y la biodiversidad. Un modelo donde la tierra no es un recurso a explotar, sino una aliada a cuidar. En tiempos donde las movilizaciones del sector agrario claman por justicia, la voz de Sebastián es clara: “Es una lucha necesaria. No tiene sentido que quienes alimentamos al mundo seamos los menos reconocidos”. Y es que su finca no es solo un espacio de producción: es una escuela de vida, una trinchera verde frente a un sistema que invisibiliza a quienes nos sostienen. En su hacer cotidiano, en su compromiso con la tierra, en su forma de alimentar con amor, la familia Hevilla nos recuerda que otro campo —y otro mundo— son posibles.

 

EcoTerRes cuenta con el apoyo de la Fundación Biodiversidad del Ministerio para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico, a través de la Convocatoria de subvenciones para la realización de proyectos que contribuyan a implementar el Plan Nacional de Adaptación al Cambio Climático (2021-2030).

Las opiniones y documentación aportadas en esta publicación son de exclusiva responsabilidad del autor o autores de los mismos, y no reflejan necesariamente los puntos de vista de las entidades que apoyan al proyecto.

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