Autoría: Sara Serrano Latorre (Comunicación SEAE)
Análisis (opinión), publicado en la revista Ae ed. 61 (invierno 2025)
Hay algo genuinamente valioso y emocionante en ver a una una joven agricultora desde los Monegros o un ganadero de Cantabria – por decir dos lugares al azar – contando su día a día en un vídeo de treinta segundos, máximo un par de minutos: el ruido del tractor, las manos sobre los frutos, una cabra pariendo o un ternerito recién nacido, de vez en cuando algo de humor e incluso política… y al final, publicidad. El fenómeno de los agroinfluencers tiene, en su origen, algo de soplo de aire fresco pues acerca el campo a quien nunca ha pisado una finca, lo hace visible en un mundo de pantallas y redes sociales, y en el mejor de los casos, despierta vocaciones. Nadie debería restarle ese mérito.
Pero la historia tiene más capas, como las cebollas.
En apenas dos años, lo que empezó como una corriente espontánea de personas compartiendo su vida agraria o ganadera en redes se ha convertido en un ecosistema con premios, patrocinadores, galas en grandes auditorios, podcasts y sesiones de trabajo entre creadores de contenido y marcas… Por poner un ejemplo, la segunda edición de los Premios AgroInfluye – celebrada en marzo de 2026 en Sevilla – reunió más de trescientas personas en sala y más de mil quinientas en seguimiento remoto. Esto es un termómetro claro: «agroinfluenciar» ya no es una afición, es un mercado.
Y donde hay mercado, hay intereses.
Las grandes corporaciones del sector —fabricantes de fitosanitarios, multinacionales de insumos, maquinaria…— han descubierto en los agroinfluencers un canal que ninguna campaña convencional puede igualar. Es cercano, creíble y lo mejor de todo, con audiencias fidelizadas que confían en quien les habla desde el campo. Utilizan fórmulas conocidas, como puede ser patrocinar concursos de vídeo, sorteos de productos, invitar a jornadas de catas y encuentros… y aprovechar esa credibilidad prestada para colar su mensaje.
Uno de los ejemplos que en mi caso más me ha llamado la atención, es el uso de la llamada agricultura regenerativa como anzuelo de imagen. Este término – que carece de regulación legal en Europa – se convierte en la práctica, y en muchas ocasiones, en una etiqueta que cualquier empresa puede colgar en sus contenidos. Y el ejemplo son las grandes empresas cuyo negocio central es la venta de productos fitosanitarios, que lo aprovechan con total impunidad. Me refiero en concreto a una convocatoria de concursos en los que estudiantes y jóvenes del sector crean y difunden vídeos en redes para tres categorías: «Salud y descarbonización», «Terapia Génica» y «agricultura regenerativa» y «retos climáticos». La estética es verde. El trasfondo, no tanto.
Esto es lavado de imagen en su versión más calculada ya que no te venden el producto directamente, te hacen creer que la empresa forma parte de la solución. Y quienes transmiten ese mensaje con toda su honestidad y entusiasmo son, en algunos casos, personas jóvenes que trabajan en producción ecológica o que llevan años construyendo una alternativa real al modelo agroindustrial.
Y aquí conviene detenerse, porque no se trata de dirigir una crítica a nadie. En muchos casos, estos agroinfluencers practican lo que predican, producen en ecológico, defienden el suelo vivo, la biodiversidad y en definitiva, los principios de la agroecología. El problema no es su compromiso, sino el campo gravitacional que genera la fama. Una colaboración, un premio, un vídeo patrocinado… y el discurso crítico queda difuminado bajo el logo de quien financia el concurso. La línea entre educar y ser usada como altavoz no siempre se cruza de forma consciente. Pero se cruza.
La producción ecológica y la agroecología llevan décadas construyendo conocimiento riguroso, con respaldo científico, normativa y la experiencia de quienes producen sin química de síntesis. No pueden permitirse que esa herencia quede capturada por relatos que tienen buena imagen pero escaso contenido técnico.
La pregunta que queda pendiente —y que el sector no puede ignorar— es quién escribe el guión. Si los propios creadores de contenido no establecen límites claros en sus colaboraciones, si los premios no exigen transparencia sobre sus patrocinadores, y si desde las organizaciones agroecológicas no ocupamos ese espacio digital, el relato del campo del futuro lo escribirán quienes más presupuesto de comunicación tengan. Y no sería la primera vez, por cierto.

