El artículo contextualiza cómo la hiperfrencuentación de espacios naturales y rurales es consecuencia de procesos que vienen de décadas atrás y que requieren de profundos cambios que no admiten demora.
Autoria: Raül Valls – Licenciado en Filosofía por la UAB y miembro de Alba Sud
Artículo publicado en la edición 58 de la Revista Ae

Los espacios naturales y los territorios rurales se han situado en los últimos años en el foco de discusión por diferentes y contradictorios motivos. Por un lado el despoblamiento rural, el envejecimiento de su población, el descenso del número de agricultores/as y ganaderos/as, consecuencia de las dificultades para seguir viviendo de la actividad agraria, la acumulación de tierras en pocas manos de nuevos “terratenientes”, formados ahora por grandes empresas agrarias, etc. Paralelamente y en un movimiento en dirección contraria estos territorios han sido “redescubiertos” y colonizados como espacios para el ocio turístico en una sociedad con estilos de vida cada vez más alejados de la ruralidad, pero que necesita y demanda “contacto con la naturaleza”. La apuesta por el turismo se ha convertido desde las administraciones locales en una forma de compensar económicamente la decadencia de las pequeñas iniciativas agroalimentarias y hacerlas viables. El riesgo de esta tendencia se encuentra en el desplazamiento de la centralidad de la producción de alimentos y la subordinación a las dinámicas de las visitas turísticas. Esta intensificación en zonas donde la práctica turística se limitaba a las clásicas “vacaciones en el pueblo” de veraneantes que acudían cada año, ha supuesto toda una serie de problemas entre los cuales destaca la masificación de determinados espacios que se han valorizado por sus cualidades naturales y/o paisajísticas.
Estas dinámicas han sido especialmente intensas en regiones que ya cuentan con litorales muy turísticos. Es por eso que desde el proyecto EcoTerRes hemos centrado nuestra investigación en Mallorca, Málaga y Girona, provincias emblemáticas en la historia turística de la España del siglo XX. La expansión del turismo hacia el interior rural y de montaña de estas provincias en forma de turismo rural, de naturaleza, deportivo, de aventura, etc., está tensionando y condicionando estos territorios. Sobre todo en 2020 con la pandemia de la COVID-19 y las restricciones que limitaron los viajes internacionales, la palabra “hiperfrecuentación” entró en el lenguaje y en las preocupaciones de ayuntamientos rurales y los gestores de espacios naturales protegidos. El proyecto EcoTerRes tiene el objetivo de impulsar una guía de buenas prácticas que sirva a las iniciativas agroecológicas para fortalecerse y al mismo tiempo les den pautas para integrar equilibradamente el turismo en sus fincas, evitando que este subordine a lo realmente importante: la producción de alimentos saludables y de proximidad.
“EcoTerRes impulsa una guía de buenas prácticas para que iniciativas agroecológicas integren equilibradamente el turismo”

Cómo empezó todo
“Hiperfrecuentación” y “sobrefrecuentación” son términos comunes en el marco de las críticas al crecimiento y popularización del turismo rural y de naturaleza. En la segunda mitad del siglo XX, lo que hoy llamamos turismo rural era, en general, el estival y largo “veraneo de retorno al pueblo” donde las familias que tenían esa opción regresaban a sus localidades de origen. También se desarrolló entre sectores de las clases populares a partir de los años 70 el fenómeno de las “segundas residencias”, muchas de autoconstrucción, generalmente ubicadas en urbanizaciones dispersas en zonas de montaña baja y en su mayoría cercanas a unas costas turísticas ya entonces muy saturadas. Estos modelos implicaban generalmente largas estancias estivales y fines de semana que podían fluctuar en función del periodo del año. La comarca de la Axarquia en Málaga y La Selva en Girona son ejemplos emblemáticos de estos procesos de urbanización dispersa vinculados al litoral turístico. Aunque en ese momento no se hablaba de saturación, si había localidades que podían perfectamente doblar y triplicar su población en verano lo cual implicaba impactos en los servicios públicos locales, no dimensionados para ese volumen de habitantes. Pero también se convertían en una fuente de ingresos para comercios y servicios que literalmente “hacían el agosto” desarrollando unas economías locales alrededor de esos crecimientos urbanísticos.
“‘Hiperfrecuentación’ y ‘sobrefrecuentación’ son términos comunes en el marco de las críticas al crecimiento del turismo rural y de naturaleza”
Por otra parte, lo que hoy llamamos turismo de naturaleza se expresaba, por un lado, en la práctica del excursionismo, montañismo y el alpinismo, entendidos en un principio más como deportes que como ocio turístico. Surgido a finales del siglo XVIII con una vocación científica, se popularizaron sobre todo entre la burguesía urbana a finales del siglo XIX, al calor del redescubrimiento naturalista del propio territorio y vinculado al crecimiento de unos movimientos nacionalistas que buscaban su identidad en las montañas y el paisaje. Y por otra parte, en el siglo XIX se popularizaba entre las clases altas el turismo termal con el surgimiento de los balnearios y la popularización del baño en el mar donde el contacto con la naturaleza se vinculará a la salud y el bienestar que se hacían imposibles en las grandes y contaminadas urbes industriales.

El acceso de las masas al turismo
Si bien en las décadas de los años 20 y 30 del siglo XX, los Estados, tanto los democráticos como los autoritarios, iniciaron proyectos de turismo social dirigidos a los sectores populares fue sobre todo después de la II Guerra Mundial y durante las tres décadas del gran crecimiento económico que le sucedieron (1945-1973) que el turismo en occidente se convertiría en el fenómeno de masas que hoy conocemos. Mayoritariamente circunscrito y relacionado con lo que hoy llamamos, peyorativamente, “sol y playa” y canalizado en los países capitalistas desde lógicas privadas y mercantiles, las localidades litorales eran los destinos que solían atraer, tanto al turismo extranjero como al nacional. Las playas y costas se convirtieron en objetivos del negocio turístico, provocando que de forma acelerada antiguos pueblos dedicados a la pesca y la agricultura desaparecieran convertidos en lo que hoy son grandes ciudades turísticas. Marbella en Málaga y Lloret de Mar en Girona son ejemplos emblemáticos de estas rápidas transformaciones.
En la última década del siglo XX, con la valorización de espacios de interior y de montaña, surgió una nueva ola de turistificación que llegó a territorios y localidades donde hasta entonces el turismo solo existía en la figura del veraneante de larga estancia y que acudía todos los años. Fue el inicio de una de las sucesivas olas turistificadoras que desde las costas colonizaron el interior y que investigadores han estudiado y sistematizado para la isla de Mallorca .
La turistificación de los espacios naturales
Por otra parte, fue a partir de los años 80 y paralelamente al crecimiento de la conciencia ecológica cuando los espacios protegidos se popularizaron como lugares atractivos para la visita, incluso mucho más allá de la mera práctica excursionista tradicional. Aparecen las casas de turismo rural, en un inicio como lugares donde el visitante podía reconectar con la ruralidad y tener una experiencia de inmersión y conocimiento en una cultura campesina que llevaba varias décadas en decadencia. Paradójicamente, era en su declinar que se convertía en objeto turístico y, por otra parte, en potencial tabla de salvación para unas pequeñas fincas familiares que cada vez tenían más dificultades para sobrevivir frente a las lógicas capitalistas que venían transformando el mundo rural desde los tiempos de la “revolución verde”.
El proceso de turistificación de los espacios rurales se intensificó y desvirtuó rápidamente la autenticidad inicialmente pretendida. El turismo rural deja de ser mayoritariamente una práctica de ocio para entrar en contacto y convivir con las viejas culturas campesinas para convertirse en mero alquiler vacacional de casas de pueblo y masías acondicionadas como alojamientos o directamente pequeños hoteles donde la relación con la ruralidad y la vida campesina se difuminan. Aparece el concepto de “paisaje” como motor de atracción convirtiendo el disfrute estético en un reclamo más para un visitante urbano que desea romper con la poco saludable monotonía gris y ruidosa de la ciudad.

Esta transformación banal del turismo rural originario, va a estar ligado sobre todo a pueblos de montaña y va a retroalimentarse con la aparición de zonas protegidas y parques naturales. La protección de zonas acotadas irá paradójicamente paralela a su valorización turística y comercial. Estos procesos buscaran el consenso del territorio atrayendo inversiones y compensando a una parte de las poblaciones locales con el negocio turístico y creando puestos de trabajo en la hostelería. Estos procesos de turistificación han supuesto en muchos casos transformaciones radicales de estos territorios, marginando las actividades agrícolas y ganaderas, provocando intensos cambios en los usos del suelo y situando el negocio inmobiliario en el centro de la economía local. Un caso extremo de este proceso en Catalunya ha sido la comarca pirenaica de la Cerdanya convertida en una zona cero de la turistificación y gentrificación de las comarcas de montaña.
Si bien los medios de comunicación, sobre todo la televisión, han contribuido a este crecimiento, ha sido la aparición de las redes sociales y las lógicas narcisistas y consumistas del “yo estuve allí” fotográfico, lo que ha generado su amplificación convirtiéndolo en un grave problema de saturación. Un caso extremo es el pequeño pueblo de Sant Llorenç des Cardassar en Mallorca con 73,1 turistas por habitante.
Estamos, por tanto, ante una dialéctica perversa, donde las comprensibles necesidades humanas de salud y bienestar a través de un necesario contacto con la naturaleza alteran y pueden ser destructivos para esos mismos espacios naturales deseados. En ese momento se generan también los problemas de hiperfrecuentación de lugares públicos y conflictos con las poblaciones locales, sobre todo cuando la masificación interfiere en su vida y actividades cotidianas.
Si bien, como he afirmado, el fenómeno no es nuevo y ha ido en crecimiento desde principios del presente siglo, fue a raíz del confinamiento provocado por el COVID-19 cuando la problemática saltó a los medios de comunicación y se ha convertido en recurrente en fines de semana o festivos donde se multiplican las salidas a destinos de proximidad desde las grandes ciudades. Un dato que se ha manejado con frecuencia y que pone cifras ratificando esta tendencia, es el crecimiento de los rescates de montaña en Catalunya que se ha multiplicado por cinco desde el año 2000, pasando de 234 en ese año a 1443 en 2023. Por otra parte, los medios de comunicación y las redes sociales ejercen un efecto llamada y provocan repentinas saturaciones que los ayuntamientos no pueden gestionar. En la provincia de Girona el caso de Campdevanol y sus saltos de agua y pozas heladas en invierno, saltó a las noticias precisamente por esos reclamos mediáticos.
Esta situación tampoco es ajena a una motorización generalizada de la sociedad y la extensión de la red de carreteras hasta los lugares más recónditos del territorio. Esto ha permitido conectar en pocas horas áreas muy pobladas con espacios naturales y zonas rurales que hace medio siglo se encontraban fuera de ese radio de influencia. Esta generalización de la movilidad y del acceso a cualquier territorio tiene aspectos contradictorios, ya que es un elemento fundamental para entender la hiperfrecuentación. El caso de la Fageda d’en Jordà en el parque de la Zona Volcánica de la Garrotxa es uno de los ejemplos más claros. Con la apertura del sistema de túneles de Bracons que redujo el tiempo de viaje con el área metropolitana de Barcelona en unos 40 minutos y que facilitó el acceso desde la Catalunya central, supuso un fuerte crecimiento de las visitas de un solo día y un impacto ecológico sobre esos espacios protegidos. Con la pandemia de la COVID-19 la situación en verano de 2020 llegó a un punto insostenible.
“Los problemas de hiperfrencuentación de lugares públicos generan conflictos con las poblaciones locales”

Algunas conclusiones
En este breve e incompleto esbozo hemos tratado de demostrar que la hiperfrecuentación en espacios naturales y rurales es la consecuencia multifactorial de unos procesos que vienen de lejos. Revertirlos implica profundos cambios en los hábitos relacionados con el ocio turístico y en cómo repensamos y planificamos los territorios, tanto urbanos, rurales como espacios naturales protegidos. La crisis ecológica, y uno de sus principales síntomas, el calentamiento global y sus consecuencias en el clima, nos imponen cambios radicales que no admiten demora. Estos van desde las pacificaciones y renaturalizaciones de los espacios urbanos hasta la recuperación de la centralidad de la agricultura y la ganadería, ahora ecológicas, en los territorios rurales, y de lo que hoy llamamos “servicios ecosistémicos” en los espacios naturales, sean o no protegidos. Una mirada integral y participativa de la conservación del territorio [6] donde se prioricen y protejan los espacios naturales y sus conectores ecológicos por encima de los espacios artificializados y las grandes infraestructuras de movilidad.
Estos cambios en las lógicas de planificación del territorio implican al mismo tiempo transformaciones de los hábitos en el ocio turístico de proximidad, regulando el acceso a las zonas naturales, reduciendo la actual hipermovilidad, favoreciendo las visitas más prolongadas y el transporte público como forma prioritaria de movilidad. Un cambio de la mentalidad y de las formas con las que nos relacionamos desde los entornos urbanos con la naturaleza y los espacios rurales. No entendiéndolos como simples zonas verdes de recreo, sino como lugares esenciales para la reproducción de nuestras vidas, como espacios para producción de alimentos saludables y territorios donde la biodiversidad cumple funciones ecosistémicas que van mucho más allá de ser una suerte de jardines para nuestro esparcimiento vacacional.
EcoTerRes cuenta con el apoyo de la Fundación Biodiversidad del Ministerio para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico, a través de la Convocatoria de subvenciones para la realización de proyectos que contribuyan a implementar el Plan Nacional de Adaptación al Cambio Climático (2021-2030).
Las opiniones y documentación aportadas en esta publicación son de exclusiva responsabilidad del autor o autores de los mismos, y no reflejan necesariamente los puntos de vista de las entidades que apoyan al proyecto.

