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Las semillas de Ramón

Un pequeño homenaje, unas palabras de gratitud, una muestra de respeto a todas las personas que conservan las variedades tradicionales. Sus semillas, las que han cultivado desde la infancia, las que les han acompañado durante toda su vida, formando parte de su alimento, de su cultura. Las mismas que luego convertimos en nuestras, en nuestros recursos, en nuestro patrimonio.

“Me gusta pensar que las semillas de Ramón también somos todas las personas que le queríamos”

En este trabajo tengo la suerte de rescatar semillas, de recibirlas de las manos de quienes, durante toda su vida las han cultivado, seleccionado y conservado; y que son tan importantes, que forman parte de su propia esencia.

Las semillas de sus antepasados, las que les han acompañado desde la niñez, hasta el momento en el que un día observan sus manos arrugadas y sienten que ya no tienen fuerzas para sembrarlas. En ese momento necesitan que otras personas tomen el relevo, que las siembren, que les sirvan de alimento, tal y como les sirvieron a ellas. Necesitan ceder ese legado de cuidado, de amor a la tierra, de esto que forma parte de su propia existencia.

Entonces aparezco yo, una desconocida, que las recoge sintiendo que recibe un legado, un tesoro que ha de custodiar, aceptando una pequeña fortuna de alguien también desconocido, alguien que me está entregando una parte de su vida, de su historia.

Y así es como conocí a Ramón.

Y como todo lo bueno, fue despacito, pero con pasos firmes. Creo que no me llegó a dar todo lo que conservaba. Me fue dando poquito a poquito y siempre me nombraba algo al final, algo que faltaba para que tuviera que volver. Y así fuimos forjando una amistad. Así, conoció a mi familia, compartimos vivencias e inquietudes. A su lado  y yo me sentía una aprendiz recibiendo lecciones de vida. Así, Ramón y su finca comenzaron a formar parte de mi vida.

Tres variedades de cebolla, cuatro variedades de ajo, siete variedades de tomate, cuatro de batata,… . Así hasta más de 30 variedades locales cultivadas, conservadas y vivas. Cuánto puede hacer una sola persona.

Dicen que de lo que no se habla no existe. Pero no existe en nuestro pequeño mundo de noticias, artículos, libros, … Porque hay personas que no necesitan que se hable de ellos, no necesitan homenajes, premios, ni visitas en su finca para que vean su pequeño paraíso. Porque su alma está llena y satisfecha con su trabajo de agricultor, con la satisfacción de alimentarse y alimentar a los que le rodean. Y en sus últimos años la mayor alegría es compartir algo tan sencillo y grandioso como sus semillas, su alimento, su vida.

Y sí, aunque Ramón fuese enemigo de homenajes y reconocimientos, yo, en mi pequeño mundo, quiero que exista, quiero reconocer su trabajo, porque gracias a él y a otras tantas personas como él, podemos construir nuestro patrimonio agrícola. Es su legado. Y sin eso, sin su trabajo y amor diario no habría nada. Porque la agroecología se preocupa de cuidar la tierra, pero también debe cuidar a quien la cultiva, ha de cuidar a quien cuida la tierra y a quien nos alimenta.

“La agroecología se preocupa de cuidar la tierra, pero también debe cuidar a quien la cultiva”

La pérdida de un agricultor es tan grande como la del académico o científico que estudia y divulga, aunque a ellos se les dediquen pocos homenajes, aunque no se le ponga su nombre a ninguna plaza, calle o Fundación. Porque ellos no necesitan existir en ese mundo, porque con el suyo les vale y les sobra.

Y sin embargo sin ellos, los otros no pudieran existir…

De repente Ramón ya no está, tan inesperada y dolorosa su ausencia… Ahora mi corazón da un vuelco cada vez que paso por su finca y encuentro la puerta cerrada, la tierra vacía. Me faltó tiempo, quería que hubiera probado mis dulces en navidad, que hubiera visto crecer a mi hija, que hubiéramos compartido más ratitos sentados bajo la sombra de las acacias. Me faltó tiempo de compartir y de agradecer, de escuchar. Porque las semillas solo son una parte de su legado, porque también forman parte de un todo, de una forma de cultivar, de relacionarse con la tierra, forma parte de lo que somos, de donde estamos. Todo este conocimiento es igual de valioso. Pobres de aquellos que solo ven un puñado de genes…

Al final, las semillas de Ramón no son solo las simientes de tomates o de cebollas. Me gusta pensar que las semillas de Ramón también somos todas las personas que le queríamos, que aprendimos de él, y que nos sentimos cuidadas por él porque, como buen agricultor, le gustaba cuidar a la tierra y a las personas con su alimento.

Cada día, alguien como Ramón deja de cultivar, de estar presente, perdiéndose una parte de nuestro patrimonio, un trozo de nuestra historia, de nuestra identidad. Siento no llegar a todos. Su legado está a salvo, todo lo que pude, sus semillas son sembradas por otras manos, por las mías también. Así, aunque él ya no esté, una parte de él siempre seguirá viva, siempre seguirá conmigo.

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