Dos planteamientos que invitan a reflexionar sobre qué modelos funcionan y son capaces de enfrentar situaciones catastróficas teniendo en cuenta al conjunto social.
Autoría: Alba Mompó Bellver
Graduada en Sociología y en Ciencias Políticas y de la Administración Pública y Máster Universitario en Género y Políticas de Igualdad. Universidad de Valencia. Equipo Técnico de SEAE.
Fotografías: Tamára Sánchez (@tamarasanchez_fotografía)
No pretendo erigirme como portavoz ni autoridad para describir la profunda crisis que atraviesan los pueblos afectados por la DANA y sus gentes. En un contexto donde tantas voces opinan, señalan y, lamentablemente, buscan sacar rédito político o ventaja de esta tragedia, resulta esencial mantenernos humildes y escuchar. Lo ocurrido no es solo una catástrofe climática; es una herida social de magnitud incalculable, cuyas verdaderas dimensiones solo pueden comprenderse estando allí, entre quienes han visto su vida transformada en un instante.
Ningún artículo, vídeo o documento podrá captar plenamente la realidad que enfrentan a diario miles de personas que cargan con el peso de lo vivido desde aquel fatídico 29 de octubre. Sus historias, compartidas en primera persona, son un recordatorio de que detrás de los titulares hay vidas que no deben ser ignoradas. Nuestro compromiso colectivo debe ser luchar con solidaridad y firmeza para que estas vivencias no sean olvidadas, para que el barro que las cubre no sepulte también su derecho a la justicia y a la reconstrucción.
El bombardeo constante de información al que estamos expuestas distorsiona la realidad, hay muchos prismas desde los que mirar y desgraciadamente, pocos canales que posibilitan la llegada a los espacios, donde todavía y después de un mes y medio, sigue haciendo falta manos para apoyar y escuchas activas para acompañar.
Es complejo hablar de algo en concreto cuando se atraviesan tantas violencias. Cada conversación, relato o historia guarda un impacto dentro nuestro que nos hace reflexionar sobre ejes como el cambio climático, las políticas ecocidas neoliberales, el consumo y el concepto de vida. Ha sido un antes y un después que determinará un nuevo paradigma y la confianza depositada en ciertas instituciones públicas al ser testigos de la ineptitud tras la pésima gestión realizada. Me gustaría reseñar dos experiencias totalmente diferenciadas para que se puedan entender los contrastes, que al menos yo he vivido.
Desde la cercanía con mi pueblo natal, mi punto de partida fue Algemesí. Allí conocí a Vicent, un productor agrícola cuya situación refleja el profundo impacto que las recientes adversidades climáticas han tenido en el sector agrario valenciano. Aunque aún no ha podido cuantificar con precisión sus pérdidas, estima haber salvado apenas un tercio de su producción. Como él, muchas personas dedicadas a la agricultura enfrentan un panorama desolador y se ven incapaces de asumir las enormes pérdidas sufridas.
Es imperativo que, como sociedad, tomemos conciencia de la importancia de respaldar a quienes nos alimentan. Apostar por una economía social y solidaria, que valore y consuma lo que han logrado rescatar de sus cosechas, es un acto de coherencia y responsabilidad colectiva.

En esa misma localidad, mis emociones fluctuaron entre la esperanza y la indignación. Por un lado, me conmovió la unión de tantas personas diversas, llenas de energía y compromiso, que trabajaban juntas para avanzar, palada tras palada, en la reconstrucción. Por otro lado, fue especialmente impactante observar el asistencialismo racista que persiste en la gestión de la ayuda humanitaria. En Caritas, entidad que centraliza la recepción y distribución de bienes de primera necesidad, ropa y materiales, el voluntariado parece orientarse hacia las «emergencias» en los barrios céntricos, mientras deja desatendidos a barrios humildes y periféricos como el Raval.
Presenciar esta discriminación, profundamente arraigada en el clasismo y racismo estructural, es un acto de violencia en sí mismo.
Denunciarlo en redes sociales o a través del boca a boca a menudo parece insuficiente y desalentador, ya que no se obtiene una respuesta efectiva. La falta de acción por parte de las administraciones públicas empuja a las trabajadoras y solidarias a autoorganizarse, para llegar a esos lugares que el Estado ignora. Este esfuerzo colectivo es una muestra de fortaleza y resiliencia, pero también una llamada urgente a transformar estas estructuras injustas y garantizar una verdadera equidad en la asistencia y el apoyo a quienes lo necesitan.

Días posteriores en Alfafar, tuve la suerte de coincidir con La Koordinadora de Kolectivos Parke, en Parque Alcosa, que representa un modelo de solida- ridad radicalmente distinto. Es una red comunitaria sólida y bien estructurada, que pone en el centro a las personas y sus necesidades, asegurándose de que nadie quede atrás. Las personas no solo reciben apoyo, sino también herramientas para desarrollar autonomía y dignidad. Este modelo no es nuevo; lleva más de 40 años en construcción, desde la creación de la cooperativa sociolaboral del barrio que ya operaba con servicios de limpieza municipal, demostrando que donde las instituciones no llegan – o deciden no llegar –, el pueblo organizado sabe cómo enfrentar sus propios retos con autodeterminación.
En estos tiempos se ha liberado un antiguo Consum siendo ahora un refugio alimentario para organizar y distribuir bienes esenciales y un ropero solidario. Además, se ha habilitado un punto físico logístico para coordinar la recepción y entrega de alimentos, muebles, electrodomésticos y maquinaria, complementado con un servicio de mensajería para optimizar las donaciones.
También se ha establecido una red de asistencia domiciliaria sanitaria, social y psicológica así como un gabinete de gestión psicológica comunitaria. A esto se suman actividades recreativas al aire libre, comunicación activa en redes sociales, la reconstrucción de centros de día y la creación de una red de apoyo mutuo con otros pueblos afectados. Estas acciones reflejan un fin transformador, centrado en reconstruir no solo las infraestructuras, sino también el tejido social del barrio.

Dos maneras de trabajar y actuar diferenciadas. Dos planteamientos que nos invitan a reflexionar qué modelos funcionan y son capaces de enfrentar situaciones catastróficas teniendo en cuenta al conjunto social. Es momento de tomar partido, colaborar dentro de nuestras posibilidades y tratar de dibujar el futuro que esperamos sin dejar a las personas afectadas atrás. Nos esperan muchos meses de trabajo y recupe- ración, luchemos por no olvidar lo sucedido. Construyamos en clave colectiva cuidando a las personas y el entorno.
