Editada por la Sociedad Española de Agricultura Ecológica/Agroecología
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Evaluar el bienestar humano dentro de los límites ecológicos del planeta

Bajo el contexto de crisis socio-ecológica en el que se encuentra nuestro planeta, resulta inaplazable explorar nuevas estrategias de medición del bienestar que evalúen la vida buena de las personas mediante índices plurales, justos y sostenibles.

El bienestar humano es un concepto amplio y multifacético cuya comprensión ha recibido a lo largo de la historia diferentes juicios e interpretaciones. Este hecho ha contribuido a que, hasta el día de hoy, no exista un consenso académico manifiesto sobre su noción, sus principales componentes y su evaluación. Esta circunstancia ha facilitado que la concepción predominante del bienestar haya estado vinculada a los valores monetarios propios de las economías capitalistas, asociados a la idea de que el aumento de los ingresos y el consumo es la mejor forma de avanzar hacia una vida plena.

Frente a un escenario como este, y bajo el contexto de crisis socio-ecológica en el que se encuentra nuestro planeta (Aguado, 2017), resulta inaplazable explorar nuevas estrategias de medición del bienestar que evalúen la vida buena de las personas mediante índices plurales, justos y sostenibles que no estén atados al enfoque crematístico hasta ahora imperante. Estos nuevos índices, además de ser socialmente justos, deberán de ser ecológicamente sostenibles, supeditando su concepción y medición a la salud e integridad de la biosfera, pues la existencia de unos ecosistemas sanos y bien conservados es condición sine qua nonpara que los seres humanos tengamos bienestar y podamos disfrutar – tanto las generaciones presentes como las venideras – de una vida próspera, gratificante y segura.

En los últimos años, un número cada vez mayor de gobiernos, organizaciones, fundaciones, centros de investigación e instituciones de diversa índole han venido proponiendo la utilización de diferentes índices de bienestar orientados a evaluar la prosperidad de las personas de un modo más amplio y multidimensional. Entre la enorme cantidad de propuestas existentes [1], sólo dos índices logran – desde nuestro punto de vista – aproximarse a la noción de bienestar desde una perspectiva plural, justa y sostenible, evaluando la vida buena de una forma compatible con los límites ecológicos del planeta. Estos dos índices son el Happy Planet Index (HPI) y el Sustainable Development Index (SDI).

El primero de ellos, el HPI (Jeffrey et al., 2016), está constituido por tres indicadores: la esperanza de vida, la satisfacción subjetiva con la vida y la huella ecológica. El producto de los dos primeros representa lo que sus creadores llamaron “años de vida feliz”. Al dividir estos años de vida feliz por la huella ecológica se obtiene el HPI, un índice cuyo propósito último es medir la eficiencia ecológica con la cual las naciones son capaces de generar vidas largas y satisfactorias [2].

El SDI (Hickel, 2020), por su parte, se calcula para cada país dividiendo su IDH (o Índice de Desarrollo Humano) por su “ecological overshoot” (o sobrepasamiento ecológico), que es medido a través de dos indicadores de impacto ambiental: las emisiones de CO2y la huella material (calibrados ambos en términos de consumo per cápita y representados en relación a los límites planetarios) [3]. De este modo, y de una forma similar al HPI, el SDI evalúa la eficiencia ecológica de las naciones en la consecución de desarrollo humano.

De esta manera, considerando en su metodología el impacto ambiental que conlleva la persecución de un determinado estilo de vida, estos dos índices logran evaluar el bienestar humano desde una óptica socio-ecológica y sostenible que, a diferencia del resto de propuestas existentes (ver Aguado, 2021), sí sería universalizable en un planeta finito, pues respeta los umbrales de seguridad de la biosfera de los cuales depende nuestra subsistencia y porvenir.


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"Debemos entender que el bienestar humano y la integridad ecológica son, en el fondo, dos caras de una misma moneda"

Abrazar a escala global la utilización de este tipo de índices sería muy recomendable, aunque supondría poner patas arriba los esquemas tradicionales a través de los cuales las naciones más pudientes han venido evaluando el éxito de las sociedades. Y es que los países que tradicionalmente han dominado los rankings en los índices clásicos de progreso y desarrollo (véase el PIB per cápita o el IDH), se ven arrastrados muy hacia el fondo en las clasificaciones de HPI y SDI; a causa, básicamente, de la penalización que les supone su alto impacto ambiental.

Bajo este nuevo paradigma, mientras que para los países más pobres el principal camino hacia una vida buena requerirá de mejoras en los aspectos sociales, para los países más ricos el principal desafío está, sin duda, en reducir los enormes niveles de impacto ambiental que sus economías y modos de vida generan.

El empleo formal y generalizado de índices como el HPI y el SDI permitiría, muy probablemente, cosechar grandes avances en la construcción de un nuevo imaginario sociocultural que nos ayude a dejar atrás la hegemonía del PIB y del consumo, y que esté centrado en la justicia y en la sostenibilidad a la hora de evaluar el bienestar de un modo que sea compatible con los límites ecológicos del planeta. Debemos entender que el bienestar humano y la integridad ecológica son, en el fondo, dos caras de una misma moneda, y que por consiguiente no puede haber a largo plazo prosperidad y calidad de vida para los seres humanos sin unos ecosistemas sanos y bien conservados.

Urge repensar la cosmovisión dominante del bienestar y levantar nuevos índices capaces de evaluarla de un modo justo y sostenible. No hay tiempo que perder.

Notas al pie:

[1] Para un repaso más minucioso sobre los principales índices de bienestar humano se recomienda consultar el artículo “Explorando nuevos horizontes en la evaluación plural del bienestar humano” (Aguado, 2021).

[2] Desde 2016 el HPI incorpora un ajuste para corregir las desigualdades en las distribuciones de la esperanza de vida y de la satisfacción subjetiva con la vida dentro de cada país. Para más información consultar Jeffrey et al.(2016).

[3] Unos días antes de la publicación de este artículo, Naciones Unidas presentó el Informe de Desarrollo Humano 2020, en donde se propone un ajuste del IDH basado en considerar las emisiones de CO2y la huella material per cápita. Cabe señalar que este “Índice de Desarrollo Humano ajustado por Presiones Planetarias” (IDHP), pese a representar un avance muy importante en el seno del PNUD para medir el desarrollo humano de los países de un modo más sostenible, no llega a evaluar -en nuestra opinión- el bienestar humano de una forma sostenible. Esto se debe, en esencia, a que el tímido ajuste ambiental aplicado no penaliza suficientemente el enorme impacto ecológico que tienen las naciones más desarrolladas. Así, la mayoría de países que aparecen en el top 20 del IDH continúan ocupando dicha posición para el IDHP (países ricos con pautas insostenibles que no son generalizables en un planeta finito).

Referencias bibliográficas:

Aguado M. 2017. Llamando a las puertas del Antropoceno. Iberoamérica Social: revista-red de estudios sociales VII, pp. 42 – 60.

Aguado M. 2021. “Explorando nuevos horizontes en la evaluación plural del bienestar humano”. Actas de las XXVIII Jornadas Técnicas de SEAE “Salud de los agroecosistemas y bienestar humano: Indicadores de la producción ecológica”- 28 y 29 de octubre 2020.

Hickel J. 2020. The sustainable development index: Measuring the ecological efficiency of human development in the anthropocene. Ecological Economics, 167, 106331.

Jeffrey K, Wheatley H, & Abdallah S. 2016. The Happy Planet Index: 2016. A global index of sustainable well-being. New Economics Foundation.

Foto bola del mundo y mano: Por Amy Humphries en Unsplash

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