Abel Robres Carrillo
Mosqueruela (Teruel) / Castellón
Ganadería Abel y Fernando Robres Carrillo – https://www.carniceriarobres.com/
Autoría: Sara Serrano Latorre – Revista Ae
Revista Ae Nº61: «La Agroecología toma el relevo». Invierno 2025
Abel Robres Carrillo tiene 24 años y lleva toda la vida entre vacas. Literalmente. Cuando se le pregunta si alguna vez dudó en seguir este camino, la respuesta llega sin pausa: “Desde pequeño siempre supe que me tenía que dedicar a esto. Me he criado con las vacas y es lo que siempre me ha gustado”. No hay romanticismo en esas palabras, hay vocación que le viene de generaciones. Abel sabe lo que implica este oficio: “O se nace o no. Son muchas horas de trabajo y si no tienes realmente amor por los animales, es muy difícil”. La ganadería Robres Carrillo, con carnicería propia en Mosqueruela (Teruel) y en Castellón, es un proyecto familiar que él sostiene hoy junto a su padre Fernando Robres, y su madre Eva Carrillo. Tiene 130 cabezas de ganado ecológico certificado y una trasterminancia de ida y vuelta entre Aragón y la Comunitat Valenciana que es, a la vez, seña de identidad y calvario burocrático.
Su formación siguió la misma lógica práctica: grado medio en Teruel y superior en Huesca, porque en la Comunitat Valenciana esa oferta no existía. Ahora está terminando Ingeniería Agronómica en la Universitat Politécnica de València, y ya tiene el siguiente paso en mente: un cebadero de terneros propio. “Siempre estamos en corrales viejos y la idea es hacerlo uno bueno”.
La ganadería trabaja con un cruce de asturiana de los valles y asturiana de la montaña, elegida por su rusticidad y su capacidad de adaptación. “Es una raza muy rústica, que se adapta bastante al terreno; y al final es lo que queremos para aprovecharla al máximo”. Los animales están todo el año en el exterior, sin estabulación. En mayo suben a los puertos de Gúdar, donde en junio alcanzan los 1.900 metros de altitud; en noviembre bajan a las vegas costeras. Y mientras las vacas caminan, el ecosistema trabaja: “Hacen una gran labor de cortafuegos. Pero también de valor ecológico, porque mantienen hábitats que si se llenaran de monte tampoco podrían vivir. Donde están las vacas, hay un ecosistema al lado”. Ese servicio —cortafuegos, biodiversidad, paisaje vivo— lo prestan cada vez que recorren las cañadas. Una labor que beneficia a toda la sociedad y que, todavía hoy, nadie remunera.
Que la ganadería cruce dos comunidades autónomas tiene un coste invisible para quien no lo vive. Abel lo explica con la precisión de quien lo ha calculado muchas veces: “Pagamos dos certificaciones, una en Aragón y otra en la Comunitat Valenciana. Todo es doble papeleo”. Pidieron abonar la mitad de cada cuota, razonando que solo pasan medio año en cada territorio. La respuesta fue negativa: cuota completa en ambas. A eso se suma el matadero de Benasal, el primero de la Comunitat Valenciana certificado en ecológico —una certificación que logró el propio Fernando y cuyos costes siguen asumiendo ellos—. “También nos hacemos cargo nosotros de los pagos”. La asimetría normativa completa el cuadro: en Aragón existe subvención por vaca y se exige sacrificar en ecológico al menos el 30% de los terneros; en la Comunitat Valenciana, basta con tener madres certificadas. Un mapa regulatorio fragmentado que navegan cada temporada sin que nadie lo haya pensado para quien trabaja en los dos lados a la vez. Y luego está el papeleo cotidiano: el libro de ganadería se anota a mano, en papel, tres veces por movimiento. “Hay aplicaciones digitales para todo y justamente para eso no hay nada. Se te hace más duro casi la burocracia que estar con los animales”.
El proceso de incorporación de Abel en 2021 resumió en pocos meses todo lo que falla. Un error administrativo ajeno dejó sin cobrar durante tres años a quienes se incorporaron en esa tanda. Después les rechazaron la incorporación por falta de una licencia que históricamente se resolvía con un papel del ayuntamiento. “Una vez ya nos habíamos incorporado nos dicen que no. Que lo hagas al año siguiente me parece muy bien, pero nosotros que ya teníamos todo montado”. La solución llegó solo después de que Abel moviera hilos, llamara a puertas y encontrara, en el momento oportuno, a alguien dispuesto a escuchar. En una semana se resolvió lo que llevaba tres años atascado. “Que al final ya ves lo que les importamos”.
Aun así, Abel animaría a cualquier persona joven a dar el paso, sin ocultar lo que le espera: “Es una faena muy gratificante. Pero si no fuera por mis padres, si no tuviera nada, sería imposible. Todo lo que hace falta para tener una ganadería es demasiado”. Lo que pide no es privilegio sino sentido común: ayudas equitativas y procesos de incorporación que no castiguen a quien da el paso. La agroecología tiene el relevo. Pero el relevo no debería tener que pelear así para quedarse.
