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¿Qué oculta esa fresa que está en tu mesa?

Consume ecológico, local y de temporada.

¿A quién no le apetece un puñado de fresas, de color rojo, con propiedades nutricionales incuestionables: dulzor, rica en vitamina C, antioxidantes y bajo aporte calórico?

Tras estos beneficios nutricionales, muy pocas personas se interrogan si estas propiedades se mantienen cuando las fresas aparecen antes de su temporada natural. Pocos profesionales de la nutrición informan de diferencias nutricionales si el cultivo es industrial o ecológico, de producción globalizada –siendo recolectado inmaduro para que aguante el viaje- o local.

En ese puñado de fresas no hay ningún átomo que explique las condiciones laborales de las trabajadoras migrantes – fundamentalmente magrebíes y rumanas-, que recolectan y envasan fresa con destino a fruterías, supermercados o a la exportación. Tampoco podemos entrever, por su aspecto y sabor, si se han regado con pozos legales o ilegales, sobreexplotando el acuífero de Doñana.

Por más vueltas que le des, la fresa no revela ninguna de estas propiedades ecológicas y sociales, ni el rastro que ha dejado en los ecosistemas o lo largo de la cadena alimentaria, si ha permitido salarios justos y rentas dignas.

Pero esas propiedades están ahí, bajo su aspecto aterciopelado. El único valor que vemos es su precio, que resume, a la vez que oculta, todas las determinaciones que han permitido poner esa fresa en tu plato.

Repetimos dos décadas después, ¡Qué hace esa fresa en tu mesa!

Desde 2006 que colaboramos en el libro ¨¡Qué hace esta fresa en tu mesa!¨ con el capítulo La Globalización contra la Seguridad y Soberanía Alimentarias han pasado casi 20 años. No obstante, los rasgos que definen a la fresa como ejemplo del modelo alimentario globalizado no solo siguen siendo válidos sino que se han agudizado más aún.

“Pocos cultivos simbolizan la globalización alimentaria como el cultivo de la fresa en Huelva. Su desarrollo ha seguido todas y cada una de las propuestas de la agricultura industrial. El ciclo de producción, distribución y consumo de la fresa reúne prácticamente todos los requisitos que caracterizan la agricultura para el mercado global. En el movimiento que describe esa fruta-mercancía, podemos visualizar tanto las características del modelo alimentario globalizado como sus nefastas consecuencias”

  1. Producción y distribución a gran escala. Fomento de hiperespecialización en la que las multinacionales agroalimentarias aprovechan las ventajas climatológicas y competitivas de cada lugar para seleccionar semillas, plantar semilleros, desarrollar cultivos, recolectar y envasar para comercializar en los mercados que mejor pagan. El empleo de mano de obra migrante agudiza las condiciones competitivas de los capitales que emigran un poco más al sur si hace falta.
  2. Agricultura intensiva en capital. Un cultivo muy dopado para obtener alto rendimiento en base a abundancia de fertilizantes, plaguicidas, plásticos y mano de obra se hace dependiente de financiación bancaria que ahoga a los más pequeños ocupándose de expulsarlos del mercado.
  3. Los precios se imponen a las necesidades alimentarias de la población. Alta fluctuación de los precios, muy altos al principio y caída vertiginosa cuando concurren muchos productores, cada vez más locales. La campaña finaliza antes de finalizar su temporada, cuando ya no es rentable la recolección.
  4. Violencia competitiva. Pugna entre agricultores y entre regiones productivas. Arriesgar cada vez más en semillas mejoradas para adelantar cosechas, implica mayor riesgo de clima desfavorable y mayor financiación que puede ver comprometida su devolución si el precio se desploma antes de lo previsto sin recuperar la inversión. Esa violencia competitiva se traduce en mayor explotación de jornaleras migrantes y en aumento de extracción de agua de pozos ilegales, mayor contaminación de suelos y acuíferos y suelos más enfermos para la temporada siguiente que obligan a mayor dopaje.
  5. Ruina y desaparición de las empresas más pequeñas, deslocalización de capitales hacia el sur y empeoramiento de condiciones de las trabajadoras migrantes. Cada vez es más difícil mantenerse. Los productores y zonas tradicionales de cultivo son sustituidas por zonas más alejadas y especializadas en una espiral sin fin. Externalización de los costes a los más débiles.
  6. El capital siempre quiere más. El capital que ha hecho negocio, cuando se reducen sus beneficios pide ayuda a las instituciones, amenaza con deslocalizarse más –mientras se deslocaliza- y sube la apuesta incrementando los regadíos ilegales. Doñana ha pasado de unas 7000 hectáreas a principio de los 2000 dedicadas a la fresa a 12.000 hectáreas en la campaña 2022/2023, la mitad con fresas y la otra mitad con frambuesas, arándanos y moras. En lugar de frenar la sobreexplotación de acuífero y suelos, se duplica la ocupación y la extracción de recursos adelantando no solo fruta de primavera sino también fruta de verano. Tras décadas de uso ilegal de recursos, les llega el cierre con un premio de consolación: 100.000 euros durante 10 años por quitar los invernaderos que riegan ilegalmente.
  7. El negocio subordina la salud de las personas y del medio ambiente e hipoteca el futuro. Tras la publicación en 2020 de El Manual de Nutrición Ecológica de Dolores Raigón sabemos que las fresas ecológicas tienen mayor materia seca, mayor actividad antioxidante, mayor contenido polifenólico, mayor contenido en vitamina C y un ligero incremento de la acidez que resulta en un sabor más equilibrado. En resumen un 3,5% más de vitamina C y un 29% más de concentraciones de polifenoles. La razón es un suelo vivo, no dopado ni enfermo que no transfiere contaminación a las aguas ni al ambiente. Pero su ventaja nutricional y cuidado ambiental no obtiene ventajas competitivas. El negocio está en adelantar las temporadas para obtener precios desorbitados al principio de campaña, aunque no sepan a nada las fresas, producir más cantidad en detrimento de su calidad. En lugar de unas pocas y jugosas fresas en abril y mayo, saturar el mercado con fresas desde enero a abril, aunque sequemos Doñana y los pueblos circundantes no puedan tener agua para beber o esté contaminada.

La agricultura industrializada y globalizada sigue recibiendo premio de la Política Agraria Cómun y de las administraciones, incluso en un contexto de cambio climático.

El consumo, si es responsable y agroecológico, no solo debe visibilizar lo que ha quedado oculto tras un alimento convertido en mercancía. También debe tomar partido.

Consumir fresas, arándanos, frambuesas y moras –esos frutos rojos con antioxidantes- fuera de temporada, además de ser más caro y no garantizar las propiedades antioxidantes que prometen, retroalimenta la industrialización, mercantilización y globalización que provocan más inseguridad y menos soberanía alimentarias. Además, nos convierte en cómplices necesarios de la desaparición de los Sistemas Alimentarios Agroecológicos que priorizan la nutrición saludable, la protección de los ecosistemas y garantizan la producción de alimentos en el futuro al tiempo que despliegan casi todos los Objetivos de Desarrollo Sostenible.

En la Garbancita Ecológica no habrá fresa ecológica antes de su temporada y, durante su campaña, si es de Doñana, procederá de fincas certificadas ecológicas que riegan con pozos legales. Tampoco habrá frambuesas, arándanos y moras fuera de su temporada natural.

Por Justicia Alimentaria, Climática, Ambiental y Social, cambia tu alimentación. Consume ecológico, local y de temporada. 

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