Como en todas las webs, utilizamos cookies para que tu experiencia y nuestro servicio sea de tu agrado (de acuerdo a sus hábitos de navegación).

Si pulsas ACEPTAR o sigues navegando, se considera que aceptas el uso de estas cookies. Y si quieres más información visita nuestra página de política de cookies .

Santi Donaire (fotoperiodista): “Esto no es un problema lejano, de lo rural, sino que tiene que ver también con el modelo de consumo en la ciudad”

cropped-logo-Ae-2-3.png
Sara Serrano Latorre
Revista Ae

A modo carrusel fotográfico, su biografía

Natural de Jaén (1988), este fotógrafo documental y periodista ha trabajado como freelance para varios medios internacionales y agencias de noticias en diferentes países, como NatGeo, TIME, El País, The New York Times, Le Magazine du Monde, Los Angeles Times, 5W, eldiario.es o Diari Ara.
Ha recibido diversos galardones por Picture Of The Year International -POYI- (2017), Premio Internacional de Fotografía Humanitaria Luis Valtueña (2019), la Beca Joana Biarnés (2022) o el Premio Gabo 2023 en la categoría de Fotografía por su trabajo “¿Conseguirá la Ley de Memoria Democrática reparar los daños del franquismo?”, publicado por National Geographic de España.
También, junto a su colectivo y productora NERVIO, se lanza a la producción documental con “Aita Mari”, sobre la crisis migratoria del Mediterráneo central, presentada en el festival de cine y Derechos Humanos de San Sebastián.

EXPOSICIÓN FOTOGRÁFICA
Exposición “Hasta que la tierra aguante”. Centro Internacional de Fotografía y Cine en Madrid – verano 2023

Es insólito que esta revista incluya una entrevista a un fotoperiodista…
¿Pero por qué? ¿Qué tiene que ver su trabajo con la producción ecológica?

Pues “aparentemente” puede resultar complicado pensar en una rápida conexión pero, tras leer la siguiente entrevista, se encontrarán muchísimas razones por las que el trabajo de Santi Donaire está conectado con esta edición. “Hasta que la tierra aguante” es una de ellas, una impactante -cuanto menos- exposición fotográfica que refleja -y narra- las bárbaras consecuencias de determinadas prácticas agroindustriales. Ganar la Beca Joana Biarnés le permitió investigar y viajar por una ruta en tres etapas que desnudan, sin tapujos, el esquilme de recursos y vida que la hambrienta agroindustria lleva décadas haciendo a lo largo y ancho del territorio. Hablamos de las consecuencias de las macrogranjas, de cómo el lindano ha afectado a la salud de poblaciones enteras o de la explotación laboral que sufren miles de temporeras y temporeros en el campo.
Esta entrevista nos ha permitido olfatear las entrañas del periodismo de investigación, ese que ni mucho menos está pagado por la agroindustria.
¡Ah! Y otra razón más sobre la importancia de esta entrevista, para que sirva de moraleja: sigamos creando conexiones, entre el arte y la producción, la ciencia y la práctica, la comunicación y los protagonistas de todas las historias que importan: las que impulsan la transición agroecológica. Uniendo esfuerzos seguiremos ideando más narrativas, que sean resilientes en el tiempo, y que no solo visibilicen sino que, también, sensibilicen conciencias.

Antes de entrar en materia, conozcamos algo más personal sobre tu experiencia y percepción del periodismo. Si recuerdas tus principios, ¿qué es lo que buscabas como fotoperiodista?

Hace unos 15 años mi sueño era trabajar en una agencia de noticias y cuando llegué a conseguirlo trabajando en Venezuela me di cuenta que… que la noticia era algo demasiado efímero y que, además, esa rama del periodismo se me quedaba corta. No es lo que creía importante para la sociedad, sino lo que marcaba un poco esa agenda mediática y a mi lo que me gustan son las historias que permiten acercarse a las personas.
Mi trabajo ahora es más pausado y sobre todo, abriendo también perspectivas.

¿Cómo cuáles?

Pues, por ejemplo, el tema del medio ambiente, o del cambio climático en general. Ya llevo tres, cuatro años trabajando en ello pero me siento todavía aterrizando a la hora de abordarlo. Y estas cuestiones que no estaban presentes en mi cabeza hace una década, ahora para mí son una absoluta prioridad.Este arranque de la SEAE públicamente no hubiera sido posible sin el apoyo de la Consejería de Agricultura de CLM y un mínimo pero motivado y eficiente equipo de apoyo formado por dos becarios predoctorales, José Dorado y Pablo Bielza, y una auxiliar administrativo a tiempo parcial, Soledad Punzón, así como la inestimable colaboración del entonces Jefe del Servicio de Investigación, Carmelo García Romero.

Esto nos lleva al trabajo en cuestión de esta entrevista, “Hasta que la Tierra Aguante”. Empecemos por la base: ¿de dónde te vino la inspiración?

Creo que… todo suma, ¿no? Por ejemplo, cuando trabajaba en Venezuela ya me centré mucho en conocer cómo es una sociedad petrolera y observé que ello implica ser de un lugar en el que no se produce casi nada de alimentos sino que se compra todo en el mercado exterior con los dólares que te da el petróleo. Empecé a profundizar y vi que el mundo de la agricultura y la ganadería en Venezuela es algo casi marginal… un tema muy maltratado social, económica y políticamente. Fue entonces cuando empezó a interesarme cómo se produce la comida. Y eso se mezcló con mi vuelta a España en el 2017/18.

Una situación que te daría más que pensar…

Para ese momento ya había hecho una reflexión: quería arraigarme en mi tierra porque creo que es donde tiene sentido y donde, incluso, es más coherente. Es decir, aquí también puedo y debo quizás aportar mi visión y, todavía mucho más, si lo haces en red.
Aunque luego, por otro lado, siempre he sentido que como persona de esta España periférica, la España rural – soy de Jaén, de familia dedicada siempre a la agricultura – existe un gran desinterés desde los medios de comunicación sobre lo que pasa aquí. Es algo que he ido interiorizando más en estos últimos años. Y cuando decides profundizar en ello, empiezan a brotar temas que desembocan en el mismo final: ese binomio entre sector primario y el daño a la naturaleza. Ese es el motivo que, poco a poco, me ha inspirado. Y… bueno, también esa anécdota que siempre cuento pero que es completamente real.

¡Cuéntanos esa anécdota!

Pues desde pequeño solía andar con mi abuela y mi padre. Ella, que se ha criado en una aldea, me contaba historias de cómo plantaba garbanzos entre olivos durante la guerra y los milicianos dormían encima. Y les regañaba porque se comían sus garbanzos. Recuerdo que en esos paseos aprendí a identificar pájaros, insectos, roedores o flores. Y ahora eso ha desaparecido completamente. Así lo veo en el caso concreto de Jaén o del olivar, en el que ha habido una transformación tanto social como económica desde la edad de mi abuela hasta ahora. Esto me ha hecho reflexionar entre lo personal y lo periodístico y me lleva a creer en esa idea: que debo aportar a mi tierra, también haciendo una revisión y una autocrítica.

Y aquí llegas a la parte de investigación, ¿cómo ha sido ese proceso de documentación?

Este proceso ha recogido toda esta motivación personal y periodística y es cuando toma sentido a nivel de datos. Es decir, los datos corroboran la intuición, lo que sentía… Empiezas a encontrar información en la hemeroteca, a hablar con expertos y expertas, y a ver ese impacto. Ahí es cuando de repente se hace el match entre tu intuición y esa cantidad de datos, que, en este caso, van de la mano de una cantidad de heridas sobre el territorio y las personas. Todo toma sentido y sigues profundizando en la investigación.
A partir de entonces, comencé a trazar un mapa y empecé a marcar, desde la inocencia absoluta, lugares donde se producen los alimentos que encontramos en el supermercado. Por ejemplo, un aguacate, pues lo localizo en el mapa; y así con más productos como el aceite de oliva, la carne de cerdo o la carne de vacuno. Una vez localizados en el mapa, la siguiente fase ha sido, por un lado profundizar en la teoría, hablando con la comunidad científica y la academia para descubrir esa parte quizás que no se ve. Y por otro lado, hablar con las organizaciones y las personas que están en ese territorio y que saben, más que nadie, lo que está pasando en esa primera línea.
En ese momento, vas contrastando información. Por ejemplo, cuando Nicolás Olea o Marieta Fernández te hablan de sus estudios sobre el problema de los niños y niñas de Valencia que están orinando Bisfenol, una sustancia química industrial ya prohibida en los cítricos de Valencia. O cuando los apicultores de Valencia te cuentan que han perdido el 60% de sus colmenas porque les afectan los tratamientos que se emplean con los cítricos. Encuentras testimonios que reflejan esa simbiosis, con la que toma sentido tanto lo que me están contando por teléfono desde la facultad como el que me lo está contando a pie de campo. Y esa simbiosis te recuerda que tu trabajo va por buen camino.

Háblanos de ese camino, de esa ruta que te marcaste para tu investigación sobre la agroindustria y de lo que más te ha impactado.

En este proyecto ha habido como tres grandes rutas. Una de ellas es, digamos, el noreste, Cataluña y Aragón. Yo aún tenía algo de conocimiento sobre el sector agrícola pero sobre ganadería y esa zona, no conocía mucho y… me ha dejado completamente impactado. Hace 3 años no tenía ni idea de cómo se produce la carne que comemos, de que las macrogranjas son industrias. Son fábricas literalmente, como con la producción de coches en serie, usando esa tecnificación con animales dentro, seres vivos que además, son la comida que consumimos. Era como una contradicción humana, pero también con todo el sentido económico de la industria.

Para mi, el gran reto era cómo poder acceder. La primera idea era hacerlo de manera legal, siendo básicamente ultra transparente, y dirigirme directamente a la patronal comentándole que estaba haciendo un trabajo sobre cómo se produce la comida que consumimos en España. El plan B era colarme con organizaciones de bienestar animal, pero no hizo falta. No solo me dejaron entrar, sino que me enseñaron lo que para ellos, para esta industria, era considerado el proyecto ejemplar: el que tiene más sellos o más calidad de bienestar animal. Y evidentemente, quise jugar a ese juego. Pero en esos lugares salí horrorizado por la cantidad de animales muertos que ibas encontrando dentro de las instalaciones. Y cómo fuera, se generaba el daño con los purines. Sentí que estaba en una fábrica donde, al final, los cerdos no son animales, no son seres vivos, sino simplemente ese lugar era un punto de producción que generaba residuos.
Sobre macrogranjas lo que más me ha impactado es Lorca (en Murcia) y la convivencia que hay con los cebaderos y la vivienda. Me ha impactado muchísimo la impunidad que hay y la desesperación de las personas que no tienen ningún tipo de ayuda, ni jurídica, ni política, ni nada.

Alucinante… Vamos con la segunda ruta, ¡sorpréndenos!

La segunda gran ruta sería una ruta más descentralizada y más histórica, como podría ser el tema del lindano en Huesca, por ejemplo, en pequeños núcleos de cereales donde se han visto afectados agricultores con el tema del párkinson. Me ha sorprendido muchísimo, porque, en realidad, desde la ignorancia creemos que los grandes centros de producción están en esa L del Levante y el Sur. Pero ahí está esa España también, la vaciada y olvidada como puede ser Galicia o Castilla. Para mí la cuestión del lindano en Porriño (Galicia) me ha parecido completamente de película de terror. Ya no era solo una mala gestión ambiental donde se contaminan las aguas superficiales y acuíferos, es que, además, están contaminada la tierra. Y allí han construido viviendas sociales, miles de viviendas sociales encima de los residuos. Para mí, esto es un atentado social y medioambiental espectacular.

¿Y la tercera?

La tercera gran ruta ha sido todo lo que es mi tierra, Andalucía, pero pillando también Extremadura y Murcia. Sé que puede resultar extraño pero aquí he percibido ese sentido colonial, la sensación de una disposición completa del territorio y el cuerpo para la absoluta producción. Andalucía, Extremadura y Murcia son la huerta y, a veces, la carnicería de Europa. Me ha impactado ese canibalismo que tiene el sistema con los recursos, por ejemplo el caso del agua en Doñana o en el desierto de Tabernas. En diez años, con el tema de los olivos, van a liquidar un acuífero que ha tardado más de mil años en rellenarse.
Y también me ha impactado, sin duda, lo que yo ya más conocía pero que no ha dejado de sorprenderme: es el tema de la absoluta explotación y violencia a las personas, a mujeres en Huelva y a hombres bajo plástico en Almería. Es una violencia que, desde mi punto de vista, está en el número uno de impacto. Se trata de una violencia estructural para tener una mano de obra semiesclava callada, sin derechos para ir produciendo.
Así, al final, fui conformando todo ese mapa y entendiendo que, si queremos un tomate barato, necesitamos a una persona migrante sin derechos, cobrando poco, y un acceso al agua entre gratis y barato y probablemente ilegal.

Contenedor de tomates abandonados y podridos a las puertas de un invernadero en Níjar, Almería. © Santi Donaire

Es impresionante esa transversalidad del sistema agroalimentario, cómo afecta desde la salud ambiental, animal y humana hasta los derechos de las personas que trabajan en ello. Intuyo que habrá gente que ha compartido su sufrimiento contigo, ¿verdad?

Me he dado cuenta, preguntando y hablando con con las personas que habitan el territorio y conviven con esa macro industria que hay una necesidad muy grande de que se les escuche. Creo que esta es una lucha muy silenciosa, que no se le presta atención y que tiene muchísimas ganas de contar su historia, no a mí, sino en general en espacio mediático, social o en militantes… Es una realidad bastante silenciada.
Pero luego, por otro lado, me he encontrado que hay muchas ganas de pelear, a pesar de que la mayoría de veces es muy frustrante. Es David contra Goliat. A pesar de la inmensa herida que han dejado en la salud mental y en el cuerpo a la persona (sea porque convive con una macrogranja, porque se está intoxicando por un plaguicida, o sea por ser una persona migrante y racializada que te la tienen explotada), hay una necesidad muy fuerte de pelear. Y es que la vida se va literalmente en ello.
Me acuerdo mucho de Ana, en Lorca, como lleva dos años de baja con depresión porque le pusieron una macrogranja a 15 metros de su casa, donde se ha tenido que pelear con vecinos, familiares, tiene todo en contra y aun así sigue siendo la portavoz de la asociación. Sigue peleando y documentando con su con su móvil cada barbaridad que se comete en esa o en otra macrogranja de la zona. A pesar de la soledad, a pesar de la factura que le está pasando a su salud mental. En este caso, me sorprende un montón el valor de esa gente y, sobre todo, la resistencia.

¿Son reductos que resisten a la agroindustria?

Sí, y me parece envidiable. Es que, a veces, te estás enfrentando contra multinacionales o fondos de inversión en sitios donde la invitación en los últimos 50 años era “vete”. Y, de repente, la gente se está organizando en pueblos pequeños, creando un tejido social alrededor de una cuestión común que es DEFENDER. Es el ejemplo de Noviercas (Soria) o del Mar Menor. Creo que se está levantando una nueva lucha y creo que, ojalá, una nueva manera de autoestima y de identidad de lo rural, aunque sea desde la resistencia. Siento que hay un montón de historias ahí que van a salir a la luz en los próximos años.

“Hasta que la tierra aguante” quiere también colaborar a romper esa brecha entre lo urbano y lo rural, acercando esas consecuencias de quienes sufren los impactos de la agroindustria. ¿Crees que el mensaje logra llegar más allá de la gente que ya está sensibilizada con esta cuestión?

Muchísima gente me ha escrito y, sin duda, la reacción más repetida es “yo no tenía ni idea de esto”. En ocasiones, encuentras personas que ni siquiera saben cómo se transportan esos alimentos, ya no te digo cómo se produce. Hay muchos ejemplos: el aguacate, que para la inmensa mayoría es un súper producto con una grasa maravillosa; o Almería es un sitio muy guay para irte a una playa paradisíaca; o el río Gállego en Huesca es un sitio donde bañarte en verano y Cataluña es un sitio donde todo se hace bien. Entonces, cuando vas rompiendo todos esos esquemas y muestras, por ejemplo, que la mitad de los acuíferos en Cataluña están contaminados de mierda; o que Almería alberga bajo esos plásticos una bomba ecológica y un régimen de semiesclavitud… la gente se está quedando bastante impactada.
Evidentemente, creo que tengo una deuda con llevarlo a las zonas rurales, pero estoy muy obsesionado con llevarlo a la ciudad para hacer entender que esto no es un problema lejano, de lo rural, sino que esto tiene que ver también con un modelo, sobre todo, de consumo en la ciudad. Si queremos todos los días del año tomates perfectos, baratos y muchos, por poner un ejemplo, pues estaremos dando de comer a ese agresivo modelo de producción.

¿Tendrá “Hasta que la tierra aguante” una segunda parte?

Sí, eso espero. Mira, en estos 9 meses de beca quería hacer siete provincias e hice 22. Y ese es el reflejo de que me he encontrado un problema mucho más grande de lo que pensaba. Lo que más me ha hecho sufrir es que he reflejado el problema pero no la alternativa. Es decir, siento que, sin duda, el proyecto está cojo porque he puesto ese “capítulo uno”, el problema, pero necesita un “capítulo dos” sobre esas nuevas formas de resistencia, como por ejemplo, las que está generando ese movimiento ecosocial contra el cambio climático, o de esas alternativas como lo es la ganadería extensiva.
La alternativa se ha ganado el puesto de tener un capítulo y tiene que ser igual de impactante porque, a veces, mediáticamente solo se busca el problema, lo más sensacionalista y llamativo. Pero tenemos que mostrar a esa gente que está cuidando el territorio y la vida. Quizás sea menos impactante, pero mi propósito es construir el mapa desde alternativas reales que muestren que el cambio de modelo de consumo y de producción existe.

Para finalizar, ¿animarías a la gente del fotoperiodismo o de la ciencia o movimientos sociales a crear esas conexiones y a trabajar más en alianza?

Me atrevería a decir que casi es de urgencia y de supervivencia el que existan esas alianzas entre la ciencia, el ecologismo, y ya no solo el periodismo, sino incluso artes plásticas. Podemos hacer una resistencia, una alternativa, pero si no lo trasladamos a la sociedad no llegamos a ningún lado. Nos necesitamos mutuamente porque hacerlo sin contarlo, no sirve de nada

Para más referencias sobre “Hasta que la tierra aguante” y su autor consultar:

También te gustará...