Entrevista a Lorena Rodríguez Lucero (Asociación Educatierra)
@educatierra_asociacion
En Carcaboso, pueblo extremeño de poco más de mil habitantes, hay una escuela sin pizarras pero llena de aprendizaje compartido: la Escuela de la Tierra. Sus aulas son el establo, la huerta, la cocina y el taller. Aunque son un equipo, la coordinan Lorena Rodríguez y Alberto Cañedo, y lo que han construido cuesta nombrarlo con una sola palabra, porque va más allá: una comunidad. Personas migrantes y locales comparten techo, saber, trabajo y vida con la agroecología como hilo conductor. No porque sea la solución a todo, sino porque creen —y lo demuestran— que cuidar la tierra y cuidar a las personas es, en el fondo, lo mismo.
En esta entrevista habla Lorena Rodríguez Lucero, trabajadora social y coordinadora de Educatierra, y tres de las personas que forman la promoción actual de Educatierra: Makhala, Fátima y Cheick. Distintos orígenes, una misma búsqueda: un oficio y una vida digna.
Autoría: Sara Serano Latorre – Redacción Ae
Con la Asociación Educatierra lleváis desde 2023 haciendo formación en agroecología. Es una trayectoria corta pero intensa. ¿Cómo surge de ahí la Escuela, con todo lo que implica: un hogar, un programa de vida?
La asociación lleva muchos años animando a la gente a formarse y trabajar en el mundo rural. Con esa trayectoria, y viendo el vacío que había para personas que llegaban sin red, en 2021 pusimos en marcha la Escuela de la Tierra. Es un programa integral: tenemos un hogar de bienvenida donde las personas viven mientras se forman, y luego todo lo que hacemos juntos —cuidado del ganado, huerta, oficios que se necesitan como construcción, electricidad…, habilidades de la vida diaria, clases de español por la tarde—. Desde que empezamos han pasado casi ciento ochenta personas de más de quince nacionalidades. Muchos llegan porque quieren regularizar su situación; lo que intentamos es que también vean la agroecología como un modo de vida. Somos una asociación pequeña con recursos muy limitados, y el ingenio a veces nos hace mucho más familia.

¿Y qué os diferencia de esas grandes organizaciones que trabajan en cuestiones relacionadas con la migración?
Que aquí actuamos justo donde ellas dejan un vacío. Las organizaciones con programas de protección internacional lo dan todo desde el primer momento: alojamiento, comida, ropa… Pero cuando llega la resolución negativa, al día siguiente van a la calle, sin nada. Ahí entramos desde la Asociación Educatierra. Y lo hacemos de otra manera: aquí no hay asistencialismo, hay solidaridad y apoyo mutuo. Lo que tenemos lo repartimos entre todos. Si una semana hay más comida, comemos mejor; si vamos más justos, lo sabemos todos. En la Escuela, Alberto lleva la formación técnica; yo me encargo más del acompañamiento social y administrativo, de la mochila emocional que cada persona trae consigo. Y luego nos preocupamos de cuidar a las personas independientemente de su situación administrativa.
Llevamos años escuchando discursos de «despoblación» y «relevo generacional» desde las administraciones mientras que, imagino, proyectos como el vuestro que demuestran que funcionan, tienen que buscar financiación para sustentarse. ¿Es así?
En el primer momento recibimos ayudas puntuales de alguna parroquia y familiares, y la Fundación Daniel y Nina Carasso nos financió primero la creación del espacio y ahora un segundo proyecto para fortalecer nuestra red de apoyo mutuo y explorar la posibilidad de crear una empresa de inserción social. Eso es todo. Con eso, llevamos dos años con una tasa de inserción laboral de alrededor del 60%, integrando familias en territorios rurales, dando respuesta a oficios que no encuentran a nadie para cubrir. La administración dice que no quiere correr riesgos con dinero público pero aquí tiene el experimento hecho y funcionando. Solo falta que quiera verlo.
Confirmado el proceso de regularización extraordinaria: ¿Cambia eso algo para quienes están ahora en la escuela?
Para algunos puede ser más fácil con la regularización extraordinaria, porque tienen pruebas de haber estado aquí en 2025 (mínimo 5 meses). Eso ya te puede dar permiso de trabajo y residencia. Pero hay otros casos, como los del arraigo socioformativo para los que es necesario demostrar dos años: debe acabar el curso, sacar el título y buscar una empresa que cumpla las condiciones para darle trabajo. Por tanto, son vías distintas. Eso sí, el sistema muestra una gran contradicción: le pides a la persona que demuestre que ha estado 2 años, cuando no pueden trabajar sin permiso. ¿Qué persona va a estar 2 años manteniéndose del aire? No las hay. La economía sumergida existe porque el propio sistema la genera.
Junto a Red Terrae estáis promoviendo jornadas online sobre agroecología y migración en el territorio rural además de encuentros presenciales como el de “Agroecología y migración. El territorio rural como comunidad de acogida”. ¿Puede decirse que todo esto crea red, un movimiento, una esperanza?
Pues todo eso. Hay mucha gente haciendo cosas en muchos territorios, cada una con sus fórmulas y sin necesariamente depender de las instituciones. Eso ya es una red viva. Yo sueño con que de aquí a diez años las Escuelas de la Tierra estén en todos los territorios autonómicos, que igual que tenemos oficinas de igualdad, haya oficinas de migración y relevo generacional con un proyecto de agroecología como este. No hace falta inventar nada: las claves ya están. Solo falta que alguien quiera verlas.
¿Qué le dirías a alguien que quiera replicar esta iniciativa en su territorio?
Que no espere a tenerlo todo. Nosotros empezamos con muy poco y mucho ingenio. Lo importante es querer cuidar a las personas de verdad, con todo lo que eso implica. El resto se va construyendo. ■
La familia que se siembra
Gracias a esta entrevista, he conocido a Makhala Hassane, Fátima Boimasoan y Cheick Tediane, tres personas de la promoción actual de la Escuela de la Tierra. Tres historias distintas que han encontrado, por el momento, un lugar donde echar raíces.
Makhala viene de Mauritania y trabajaba como pescador y comerciante antes de llegar a Carcaboso. Cuando describe lo que aprende en la Escuela lo hace con entusiasmo: cuidar animales, cultivar verduras y hasta la bioconstrucción de estufas de barro. Cuando le pregunto si imaginaba el campo como un lugar para él, responde con una claridad que va más allá de su historia: “No puedes decir no quiero trabajar en el campo sin haber aprendido. La vida cada semana está cambiando, para mí es mejor aprender todas las cosas”.
Fátima habla poco español y es Makhala quien traduce con esmero. Le gusta el campo, la cocina y sobre todo, seguir aprendiendo. De hecho, ella cuenta que es quien gestiona los menús del hogar desde un obrador en Plasencia, con productos de proximidad y sin desperdicio. Cuando le pregunto por su trabajo ideal menciona todo: El almacén, las verduras, la limpieza, la cocina… Fátima se abre con la disposición de quien sabe que cada cosa que aprende es un paso más hacia adelante.
Cheick viene del norte de Senegal y con apenas 20 años, ya ha pasado por Mauritania, El Aaiún, Las Palmas y casi un año en Madrid. Lo que buscaba era paz, una paz que sí respira en este pueblo. Es el único hombre de su familia y sabe que lo que aprenda aquí es también para su madre y su hermana de catorce años. La regularización extraordinaria puede acercarle a ese sueño. «Depende de ellos, pero tenemos que luchar hasta que lleguemos donde queremos llegar.»
Los tres, cada uno a su manera, han encontrado en Lorena y Alberto un refugio del que se muestran muy agradecidos. Makhala lo resume con una frase que Fátima hace suya también, y que Cheick repite: “Gracias mucho a Lorena y Alberto por ayudar”. En esas palabras, sencillas y traducidas con cariño, hay más peso del que cabe en cualquier formulario. Y también la mejor definición de lo que es esta Escuela: una familia que se siembra, temporada tras temporada, con paciencia y con cuidado.

