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Entrevista a Mirua Microcoop: “Una parte bonita de Navarra es que crear experiencias pequeñas en lo municipal, da ejemplo a otros municipios para replicarlas”

Experiencias: Gobernanza colectiva para la comercialización ecológica en Navarra

Autoría: Sara Serrano Latorre (Redacción Revista Ae)

Publicado en la Revista Ae núm. 62 – Especial Navarra 2026

Mirua es una microcooperativa que trabaja para que la producción ecológica llegue a comedores, escuelas y mercados de Navarra, entre otras acciones. Desde las políticas públicas y la articulación del territorio han impulsado proyectos como la reconversión del comedor de la escuela infantil de Baztan o la estrategia KmTierra. Una pequeña cooperativa que nace para conectar agricultura, alimentación y naturaleza, y que trabaja para que la alimentación y la vida brillen poniéndolas en el centro.

Mirua se presenta casi como una declaración de intenciones: no os conformáis con la realidad tal y como está. ¿Quiénes sois y qué os llevó a montar una microcooperativa para cambiar las cosas?

Éramos tres compañeras que trabajábamos en el ámbito de la producción ecológica y de proyectos. Montamos esta microcooperativa hace casi tres años porque compartíamos una visión: poner la alimentación en el centro y avanzar hacia un sistema agroalimentario de base agroecológica, hacia la soberanía alimentaria. Creíamos que impulsar esto era necesario para el territorio, y hacerlo juntas, en una cooperativa de tres mujeres (ahora 2, Ainara y Silvia), nos parecía una buena manera de lograrlo.

Acompañáis a administraciones y entidades para que la producción ecológica llegue a comedores, escuelas y mercados de cercanía. ¿Por qué elegisteis trabajar desde las políticas y la articulación? ¿Es ahí donde está el verdadero cuello de botella?

Sí hay un cuello de botella en las políticas públicas, aunque quizás no es el único. El sistema alimentario no está en la agenda política. Tampoco el sistema productivo de base agroecológica o de pequeñas fincas. Y en la mirada hacia la soberanía alimentaria queda mucho camino por recorrer. La crisis ecológica, social y sistémica ya está aquí, y las políticas públicas tienen parte de la responsabilidad de caminar hacia ese cambio: son quienes legislan e influyen en cómo se produce, qué se produce y cómo se come. Trabajamos en proyectos concretos, pero siempre acaban ligados a ellas.

Trabajáis en un territorio con experiencias asentadas —Ekoalde, Hazialdeko, Kalaska…—. ¿Qué tiene Navarra para que florezca esta red y qué le sigue faltando para que la producción ecológica deje de ser minoritaria?

En 2016, los gobiernos del cambio y quienes entraron en las entidades del sector dieron un impulso del que surgieron muchos de estos proyectos, con financiación a través de una medida de cooperación del PDR. De ahí salieron experiencias muy interesantes. Navarra es, además, un territorio con mucho movimiento social, y eso no es una tontería: se refleja también en la agroecología, en las personas técnicas, productoras y consumidoras.

¿Qué falta? La producción ecológica sigue siendo minoritaria, en torno al 6%. Si el objetivo es llegar al 30%, estamos lejísimos. Falta que la agroindustria y el campo navarro, que tienen mucha fuerza, vean que la producción ecológica es rentable, vivible y una apuesta de futuro. Si seguimos produciendo para la agroindustria convencional, el cambio no llegará. Es necesario desintensificar la producción agraria de las grandes explotaciones y también es necesario impulsar infraestructuras y servicios para el sector primario ecológico de pequeña escala. El cambio tiene que llegar de los pequeños, pero también de los medianos y de los grandes.

Mesa sobre la producción ecológica en Navarra, moderada por Mirua, durante el XVI Congreso SEAE celebrado en Iruña.

En la escuela infantil de Baztan habéis logrado que la mitad de la compra fuera a productoras del valle y casi una cuarta parte a producción ecológica navarra. ¿Cuál ha sido el proceso para que ese comedor se reconvierta?

El Ayuntamiento de Baztan ya había apostado por políticas alimentarias en torno a la producción local, ecológica y de cercanía. Antes le acompañamos en la transición de la residencia de personas mayores, cuyo servicio municipalizó, y ayudamos a relocalizar la alimentación. De ahí llegó el de la escuela infantil. Estos proyectos funcionan porque, primero, marcas con las políticas los criterios y el modelo que quieres impulsar. Marcamos la demanda —qué alimentos, en qué temporada y volumen— y después analizamos la oferta: qué se producía en el valle, quién y cuánto, si podían producir más, si estaban en asociaciones como Ekoalde para la logística… Después trabajamos con el sector primario, a través del ayuntamiento, para sacar catálogo, precios y volúmenes, y unir todas las partes. El resultado: casi la mitad de la compra se hace a productoras del valle, una cuarta parte a través de Ekoalde —que completa lo que en el valle no hay— y el resto, mucho, a comercio local. La distribuidora, que antes era quizá el 90%, es ahora el 3%.

“Falta que gran parte del campo navarro vea que la producción ecológica es rentable, vivible y una apuesta de futuro”

¿Puede dejar de ser una excepción y convertirse en ejemplo para otros comedores?

Creo que sí. Una parte bonita de Navarra es que crear experiencias pequeñas en lo municipal, da ejemplo a otros municipios para replicarlas. Los pueblos tienen sus servicios y pueden empezar con el ejemplo de otros. Y es lo que está pasando: un comedor comunitario o una escuela infantil que otra alcaldesa o alcalde ve y replica en su pueblo. Un poco el contagio.

Con el proyecto KmTierra habéis trabajado las estrategias alimentarias desde la política municipal. Entre una estrategia aprobada en un pleno y un cambio real en lo que comen las niñas y niños hay mucha distancia. ¿Qué puede fallar y qué papel pueden jugar los ayuntamientos pequeños?

KmTierra tiene dos líneas. Una es trabajar estrategias alimentarias, poner a hablar a alcaldesas, alcaldes y a quienes deciden las políticas públicas, y crear una mesa para situar la alimentación de base agroecológica en el centro del debate, además de ayudar a los ayuntamientos con sus diagnósticos y hojas de ruta. La otra es conectar a las entidades del sector —Ekoalde, Hazialdeko, Kalaska, Zunbeltz…— para compartir necesidades, retos y avances.

Así que para impulsar un cambio real en lo que comen las niñas y niños de un pueblo, pues creemos que igual no hay tanta distancia cuando se deciden políticamente los criterios. El ejemplo de Baztan lo demuestra. Querían ofrecer una alimentación saludable —un menú con las características que marcan las autoridades sanitarias— y sostenible, y definimos qué significa. Miramos 5 criterios: el alimento será local, fresco y de temporada; se debate el modelo productivo por sectores (ecológico, ganadería extensiva de pequeña escala); y se abastecerá lo más directamente posible. Aprobar esto en un pleno significa comprometerse a comprar a ese sector cuando tengas el proceso estructurado, y eso se traduce en que lo que comen las niñas y niños del pueblo sea saludable. Es una acción directa; en la política municipal se ve claramente.

Por último, sobre la dependencia de la financiación externa, que es un talón de Aquiles de muchos proyectos de transición alimentaria. ¿Qué tendría que cambiar para que echen raíces sin depender de cada subvención?

Tendrían que cambiar muchas cosas, pero sobre todo que la sociedad le diera a la alimentación y al sistema productivo agroecológico de pequeña escala la importancia que merecen. Entender que necesitamos volver al campo, producir, conocer de dónde vienen los alimentos y que no sean contaminantes, pagar un precio justo a las productoras y poner la alimentación —y la vida de las personas— en el centro. Eso creemos. ■

Más información en: https://www.mirua.org/


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