Rosa Benimelis. Universidad de Vic
“La soberanía alimentaria no es posible sin la agroecología. Y, sin duda, la agroecología no prosperará sin una política de soberanía alimentaria que la respalde”. Ibrahima Coulibaly, Coordinación Nacional de Organizaciones Campesinas de Malí (CNOP)
Desde hace un tiempo, se está dando un debate dentro de las iniciativas comunitarias y movimientos sociales ligados a la Soberanía Alimentaria (SA), en lugares como Cataluña sobre el papel que éstos tienen en el cambio social, al mismo tiempo que existe un debate internacional sobre el papel de la agricultura ecológica y la agroecología en dicho cambio.
En los movimientos sociales en el Estado español, por ejemplo, el término agroecología es usado para trascender las limitaciones que se considera que tiene la agricultura ecológica de certificación, entendida como aquella agricultura ecológica basada en la sustitución de inputs pero que no cuestiona la falta de democracia o la actual distribución de poder en el seno del sistema alimentario globalizado y que de hecho reproduce el procesos de industrialización, comoditización, corporativización y especialización que se dan en el régimen agroalimentario dominante y que no dejan de ser una manifestación del contexto político y económico de capitalismo neoliberal.
La agroecología pretende ir más allá apostando por formas de producción y distribución de alimentos más ambiciosas en la búsqueda de la sostenibilidad ecológica, la transformación social, el diálogo de saberes, y el desarrollo de economías locales y solidarias. Así, la agroecología, entendida como disciplina científica pluridisciplinar y pluriespistemológica, práctica y movimiento social, puede definirse como el “manejo ecológico de los recursos naturales a través de formas de acción social colectiva que presentan alternativas al actual modelo de manejo industrial de los recursos naturales mediante propuestas, surgidas de su potencial endógeno, que pretenden un desarrollo alternativo desde los ámbitos de la producción y la circulación alternativa de sus productos, intentando establecer formas de producción y consumo que contribuyan a encarar la crisis ecológica y social, y con ello a enfrentarse al neoliberalismo y a la globalización económica”.
A pesar de esta agenda para la transformación social, en los últimos años estamos presenciando como cada vez más algunos métodos agroecológicos están siendo incorporados a las prácticas, investigación y marcos políticos de la agricultura industrial, en un intento de hacerla más sostenible sin cuestionar las relaciones de poder y exclusión que se dan en su seno, ni tampoco su dependencia en los mercados de exportación o su contribución a la desaparición de un mundo rural vivo.
Para hacer frente a esta cooptación, la agroecología para la transformación social necesita una agenda política de acción colectiva que se enfrente al régimen agroalimentario industrial. En este sentido, la SA ofrece un marco político para un modelo alternativo de sociedad oponiéndose así también a los paradigmas de desarrollo dominantes. Así, la SA puede ser sintéticamente definida como “el derecho de las personas a alimentos adecuados desde el punto de vista saludable y cultural obtenidos a través de métodos sostenibles y ecológicos y su derecho a definir sus propios sistemas alimentarios y agrícolas”. Y en este sentido nos interpela, desde una visión holística, a acercase y unir esfuerzos empoderándoos con otros movimientos sociales, incluyendo las luchas ecologistas y por el territorio, el feminismo, la economía social y solidaria o los movimientos de justicia ambiental o los derechos laborales abriendo nuevos espacios de resistencia.
